Ciudad

LA VERDAD SOBRE LA SEMANA TRÁGICA

La Semana Trágica de enero de 1919: Huelga, lucha y represión

por Leónidas Ceruti

A casi 100 años de la «Semana Trágica», se puede afirmar que fue esa la hora del debut de las fuerzas armadas en lo que sería un largo derrotero en su accionar contra el pueblo y contra la institución democrática: los gobiernos constitucionales.

Debemos ver a la huelga de los metalúrgicos de los Talleres Vasena, la posterior represión y resistencia, que pasó a la historia como la “Semana Trágica”, como uno de esos heroicos hitos de la clase obrera, que nos ha dejado muchas enseñanzas. No sólo se reclamó y se luchó por los derechos de los trabajadores, sino que no se dudó en enfrentar a las fuerzas policiales, al Ejército y a la Liga Patriótica, en una clara muestra de autodefensa de clase.

«Contra los indiferentes, los anormales, los envidiosos y haraganes; contra los inmorales, los agitadores sin oficio y los energúmenos sin ideas. Contra toda esa runfla sin Dios, Patria, ni Ley, la Liga Patriótica Argentina levanta su lábaro de Patria y Orden… No pertenecen a la Liga los cobardes y los tristes.»

Sumario:

– Panorama internacional y nacional
– El conflicto en la empresa Vasena
– Represión y resistencia
– La Liga Patriótica
– La Plaza “Martín Fierro”
– Perón en la represión: el debate
– Antisemitismo
– Donaciones de las familias patricias
– El tango: “Se viene la maroma!”
– A modo de conclusión

Panorama internacional y nacional

La situación internacional hacia fines de 1917 se distinguió por su conflictividad. Europa se vio envuelta en distintos conflagraciones como la Primer Guerra Mundial, la Revolución Bolchevique, la agresión imperialista de catorce países al naciente estado obrero ruso, los movimientos sociales en Alemania con el alzamiento espartaquista entre 1918 y 1919, la República Soviética de Bela Kun en Hungría, y la agitación obrera en Italia, España y Francia. En América Latina llegaba a su fin la Revolución Mejicana, y en Nicaragua Augusto Cesar Sandino encabezaba la lucha antiimperialista.

En el país, producto de la guerra del 14, la economía agroexportadora se vio afectada cuando los precios internacionales comenzaron a bajar y prácticamente se cerraron los mercados europeos. Por otra parte se redujo drásticamente el flujo de los productos manufacturados que el país importaba. La situación empeoró al aumentar la inflación y la desocupación.

El primer gobierno de Hipólito Yrigoyen enfrentó un panorama económico signado por la depresión entre 1914 y 1917, con la interrupción de inversiones extranjeras, una baja del valor de las tierras, menores importaciones y desempleo. A partir de 1917 hasta 1921 hubo un incremento de las exportaciones, más alimentos para Europa y desde 1922 hasta 1929 se produjo una prolongada fase de recuperación, en donde las importaciones superaron a las exportaciones. En la industria frigorífica se agudizaron las disputas entre los capitales de EEUU y los británicos. Los primeros llegaron principalmente a través de Standar Oil, General Motor y Duperial.

Desde 1918 crecieron los puestos de trabajo en los puertos, ferrocarriles, en las industrias metalúrgicas, frigoríficos, construcción, etc. Antes de 1915, la sindicalización era baja, y en la segunda década se produjeron cambios estructurales, como el surgimiento de varias federaciones de industria, concentración de fuerzas, extensión de las organizaciones, sindicalización de sectores medios, mientras que el sindicato continuó siendo el lugar de participación de los inmigrantes.

La política que llevó adelante Yrigoyen hacia el movimiento obrero estuvo caracterizada por un intento de establecer una nueva relación entre el Estado y los trabajadores. Incluía en su proyecto la integración política de la clase obrera urbana, cambiando apoyo por votos, procurando limitar la influencia del Partido Socialista entre los trabajadores. A la vez el poder de policía se ejerció favoreciendo a unos y otros, intentando una conciliación entre el capital y el trabajo, con una política destinada a que los sindicatos tuvieran “acceso y comunicación con el gobierno”, con claras actitudes de “paternalismo obrero”. Las posiciones del gobierno radical oscilaron entre el arbitraje, las negociaciones y la represión.

Los arbitrajes se dieron en la huelga de los obreros marítimos en 1916 por mejores salarios, donde peligraban las exportaciones de las cosechas de cereales, y el gobierno se mantuvo neutral; posteriormente, durante la huelga de los municipales de Buenos Aires, el gobierno accedió al reclamo de la reincorporación de los obreros de origen español; la misma metodología se aplicó durante 1917-18 en el conflicto de los ferroviarios. Mientras que la represión apareció abiertamente en la disputa en los frigoríficos en 1917-18, en los Talleres Vasena, en enero de 1919, durante la masacre de la Semana Trágica. Los sucesos continuaron con la represión y las muertes proletarias durante 1921 en la Patagonia y en el norte santafesino en territorios de La Forestal.

Desde 1916 hubo huelgas de obreros portuarios, municipales, agrarios, frigoríficos, ferroviarios. En 1917 hubo 136.000 trabajadores en huelga; al año siguiente fueron 138.000, pero en 1919 la cifra subió a más de 300.000. El 70 por ciento de los huelguistas pertenecía al sector de los transportes, lo que también marcó una diferencia con los movimientos de la primera década del siglo, que en su mayoría se daban en pequeñas empresas.

El conflicto en la empresa Vasena

La firma “Pedro Vasena e Hijos”, convertida poco después en los “Establecimientos Metalúrgicos San Martín-Tamet”, poseía un gran establecimiento metalúrgico que empleaba a 2500 trabajadores. La fábrica estaba ubicada en Cochabamba y Rioja (donde hoy está la Plaza Martín Fierro). Su titular era descripto como un “burgués próspero y despiadado”, y en 1919 estaba necesitado de proteger sus ganancias de las causas que la primera guerra mundial había engendrado: suba de precios de las materias primas y del petróleo.

El 2 de diciembre de 1918, los operarios se declararon en huelga. Sus reclamos eran: aumentos de salarios, jornadas de ocho horas, premios para el trabajo los domingos y horas extras, abolición del trabajo a destajo y reincorporación de los compañeros despedidos a causa de las actividades gremiales.

El Departamento Nacional del Trabajo había hecho lugar a los reclamos y dispuso satisfacer las demandas que fueron desoídas por la patronal. La empresa intentaba seguir funcionando con obreros rompehuelgas provistos por la Asociación Nacional del Trabajo, una asociación de empresarios que junto con el embajador inglés quiso entrevistarse con Yrigoyen, quien no los recibió y los hizo echar de la casa de gobierno (1).

Los directivos no recibieron a la comisión de huelga, rechazaron el petitorio, y en cambio contrataron a carneros y rompehuelgas, con los que lograron mantener cierta actividad en los talleres. Inmediatamente se instalaron piquetes obreros en las inmediaciones de la fábrica. La patronal respondió reclutando a numerosos matones para “proteger los bienes de la empresa” y les proveyeron armas.

Los huelguistas enfrentaron a los “guardias blancos” de Vasena y se sucedieron incidentes, cada vez más frecuentes y violentos, sobre todo en el trayecto recorrido por los carros que transportaban materiales desde los depósitos ubicados en Santo Domingo y Pepirí hasta los talleres de Cochabamba y Rioja. Presionado por la empresa, el gobierno nacional ordenó que fuerzas policiales custodiaran esos convoyes. El conflicto entró en una espiral de violencia y el 24 de diciembre se incendió el auto del propio Jefe de policía.

Luego, se conoció la clásica declaración de un funcionario policial: “La restricciones y prohibiciones a la policía para proceder con energía aun en el caso de ser injuriada o atacada a pedradas, y la conducta insolentemente provocativa de los especulativos turiferarios del obrerismo, fueron engendrando un fuerte encono y una cólera sorda en los hombres de la repartición, que se desbordó en forma implacable, inexorable, vengativa”. La dirección de Vasena despidió a los huelguistas.

Represión y resistencia

El 7 de enero de 1919, por la tarde, 6 chatas que salían de los depósitos eran seguidas por gran número de huelguistas, quienes acompañados de sus mujeres y de sus hijos reclamaban a los carreros que abandonaron su papel de rompehuelgas. “La caravana pasó frente a la escuela situada en la esquina de Alcorta y Pepirí, donde desde algunos días antes habían quedado acantonados veinte bomberos armados y diez ‘cosacos’ de la guardia de seguridad. Se inició entonces un violento tiroteo, de origen incierto -ya que huelguistas y uniformados se achacaron mutuamente la agresión-, que duró más de una hora. La llegada de tropas de refuerzo que establecieron una línea de tiradores de seis cuadras y patrullaron intensamente toda la zona puso fin al incidente. Un obrero apareció muerto a sablazos en medio de la calle y otros cuatro fueron víctimas de los disparos -algunos en el interior de su propia casa-; entre veinte y cuarenta heridos escaparon con vida y no hubo detenciones. Las fuerzas armadas no registraron más que un herido leve”. (2)

Estos hechos provocaron en los medios obreros una enorme indignación, que la prensa anarquista de La Protesta se encargó de divulgar haciendo un llamado a los trabajadores «Sin falta, trabajadores, vengad este crimen. Dinamita hace falta ahora más que nunca. Esto no puede quedar en silencio. No! Y mil veces No! El pueblo no se ha de dejar matar como mansa bestia. Incendiad, destruid sin miramientos obreros; Vengaos, hermanos! El crimen de las fuerzas policiales embriagadas por el gobierno y por Vasena clama el estallido revolucionario. Espantemos las gallinas, camaradas, y manos a la obra . . .». (3)

Alfredo Vasena “se dignó a reunirse con los delegados gremiales en el Departamento de Policía y les ofreció la reducción de la jornada laboral a 9 horas, un 12 % de aumento de jornales y admisión de cuantos quisieran trabajar. Como la reunión se hizo larga, se decidió continuarla al día siguiente en la propia fábrica. Los obreros llegaron puntualmente a las diez, pero don Vasena se negó a reunirse argumentando que entre los delegados había activistas que no pertenecían a su plantel”. (4)

Los obreros armados de cierta paciencia conformaron otra delegación que presentó el pliego de condiciones de los huelguistas. Vasena prometió contestar al día siguiente y, a pedido de los obreros, ordenó que dejaran de circular las chatas de transportes. Pero los hechos se iban a precipitar.

Parte de la jornada del 9 de enero quedó reflejada en La Prensa, en una crónica que planteaba que “todas las organizaciones obreras manifestaron su protesta. La Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos fue más lejos, proclamando la huelga general, y lo mismo hicieron al otro día la FORA (5º C.) y muchas federaciones de oficio. Los piquetes que recorrieron las calles en la mañana del 9 terminaron por imponerla a toda la ciudad. Los comercios y las fábricas cerraron sus puertas, el tráfico fue suspendido totalmente, y en medio de la curiosidad y la sorpresa del vecindario recorrieron las calles, enarbolando banderas rojas y negras, las comisiones de huelguistas». (5)

Según las crónicas periodísticas, “las delegaciones gremiales y una enorme multitud, en la que abundaban las mujeres y los niños, se iba reuniendo alrededor de los locales donde eran veladas las víctimas: el de los metalúrgicos, en Avda. Alcorta, y el centro socialista de la calle Loria. Hacia la una de la tarde, el enorme cortejo -estimado por fuentes obreras en 200.000 personas- se puso lentamente en movimiento tras los ataúdes, conducidos a pulso y cubiertos por banderas rojas. Una vanguardia de 150 hombres, formaban la ‘autodefensa obrera’, iban armados con revólveres y carabinas.

“Al acercarse a los talleres de Vasena los disparos que desde allí se realizaban provocaron corridas y escenas de pánico entre los manifestantes, exacerbando la excitación general. Mientras algunos grupos se desprendían, otros se sumaban a los que desde la mañana sitiaban los talleres y se tiroteaban con sus ocupantes. El resto siguió la marcha, uniéndose con los que esperaban el paso de la columna de la calle Loria. La creciente agitación de los manifestantes se iba transmitiendo a los barrios que atravesaban en su largo trayecto hacia la Chacarita. Numerosos incidentes, tiros, alarmas y corridas, mantenían la tensión y fragmentaban la marcha. Los grupos más exaltados se armaban saqueando las armerías, otros prendían fuego a los tranvías abandonados en las calles.

“Al pasar por Corrientes y Yatay estalló un nuevo tiroteo: algunos señalaron que los disparos provenían del colegio anexo a la iglesia ubicada en esa cuadra. Entonces la muchedumbre, dando muestras en sus exteriorizaciones de gritos y ademanes de gran irritación, prendía fuego a un colegio y parte de la capilla. Otros que habían conseguido penetrar en el interior, arrojaban al aire hechas pedazos las imágenes y cuantos objetos de uso religioso o privado encontraban a su paso Los sacerdotes que ocupaban el establecimiento se defendían entretanto del asalto y, parapetados adonde aún no habían llegado los asaltantes, hacían fuego contra estos y contra los que pretendían continuar perpetrando en el local». (6)

La llegada de una dotación de bomberos, que desde las ventanas del edificio hicieron cerradas descargas sobre la multitud, terminó por dispersarla produciendo numerosas víctimas.

El resto de la columna -que ocupaba aún tres cuadras- continuaba su accidentado recorrido desbordante de furia, incendiando coches y tranvías, un camión de bomberos y los vagones de un tren que intentó cortar su paso.

Aproximadamente a las 17 horas, la interminable columna obrera llegó a la Chacarita, la gente se fue acomodando como pudo entre las tumbas. Y se encontraron con un destacamento del Ejército y gran cantidad de policías. Comenzaron los discursos. En primera fila estaban los familiares de los asesinados. Madres, padres, hijos, hermanos desconsolados. Mientras hablaba el dirigente Luis Bernard, surgieron abruptamente detrás de los muros del cementerio miembros de la policía y del ejército que comenzaron a disparar sobre la multitud. Era una emboscada. La gente buscó refugio donde pudo, pero fueron muchos los muertos y los heridos. Los sobrevivientes fueron empujados a sablazos y culatazos hacia la salida del cementerio. Según los diarios, hubo 12 muertos y casi doscientos heridos. La prensa obrera habló de cientos de muertos y más de cuatrocientos heridos. Ambas versiones coinciden en que entre las fuerzas militares y policiales no hubo bajas. La impunidad iba en aumento. No había antecedentes de semejante matanza de obreros. (7)

Otro foco de graves disturbios se dio alrededor de los talleres Vasena. Desde la mañana habían sido rodeados por nutridos grupos de obreros, y sus pedradas -contestadas por armas de fuego- iniciaron un combate que duró todo el día, los sitiadores trataron de voltear los portones de la fábrica y al no lograrlo comenzaron a prenderles fuego. En el interior del edificio se encontraba el director-gerente Alfredo Vasena con otros miembros del directorio y una delegación de la Asociación Nacional del Trabajo, encabezada por el presidente de la Bolsa de Comercio. Los empresarios encerrados pidieron protección al ministro del Interior y al de Guerra, y uno de ellos, súbdito británico, solicitó la intervención del embajador de su país.

Hacia las tres de la tarde llegó el recién designado jefe de policía, Elpidio González, figura prominente del radicalismo. Este intentó arengar a los huelguistas, que reaccionaron violentamente, incendiando incluso el coche en que viajaba. La llegada de más de 100 bomberos armados, reforzados por policías y «cosacos» y de un piquete de soldados de infantería con una ametralladora, desencadenó finalmente una batalla campal que se prolongó hasta la noche, dejando -según fuentes policiales- un saldo de 24 muertos y 60 heridos. Como episodios semejantes se multiplicaban por todas partes, ante la imposibilidad de controlar la situación y temiendo que los hechos respondieran a un complot revolucionario, el gobierno dispuso el acuartelamiento de todas las fuerzas represivas, dejando prácticamente las calles en poder de los obreros. Un diario de esa tarde llegaba «al triste convencimiento de que no tenemos gobierno» y de que «el poder, pues, está en la huelga, no en el gobierno». (8)

Tras haber recibido la noticia de que la huelga se había extendido a Rosario, Santa Fe, Mar del Plata, Bahía Blanca, hacia el noroeste de la provincia de Buenos Aires y de que la Capital Federal estaba aislada del resto del país a causa del paro de los ferroviarios y de la Asociación Obrera Marítima, el presidente, Hipólito Yrigoyen, citó al día siguiente en su despacho a don Pedro Vasena (su correligionario Leopoldo Melo era abogado .de la empresa) y lo instó a aceptar los reclamos sindicales. El conflicto se resuelvió por la rendición incondicional del empresario. Así lo entiende la FORA del IX Congreso, que da por terminado el movimiento. La FORA V, en cambio, cree que ha sonado la hora de la revolución social y deciden continuar la huelga.

El general Luis J. Dellepiane, comandante de la división con asiento en Campo de Mayo, se había constituido en la ciudad, y procedió a ocupar con sus tropas distintos puntos estratégicos. Los enemigos a combatir eran los trabajadores en huelga y aquellos que se solidarizaban. Convoca a la prensa. “Es seco y categórico. Amenaza ‘emplazar la artillería en la plaza del Congreso y atronar con los cañones toda la ciudad’.” La Nación de esa fecha subraya en su crónica otra advertencia del jefe militar: «Hacer un escarmiento que se recordará durante 50 años».

Finalmente el 11 de enero el gobierno radical llegó a un acuerdo con la FORA IX basado en la libertad de los presos que sumaban más de 2.000, un aumento salarial de entre un 20 y un 40 %, según las categorías, el establecimiento de una jornada laboral de nueve horas y la reincorporación de todos los huelguistas despedidos. Poco después las autoridades de la FORA y del Partido Socialista resolvieron la vuelta al trabajo.

El vespertino La Razón titulaba: “Se terminó la huelga, ahora los poderes públicos deben buscar los promotores de la rebelión, de esa rebelión cuya responsabilidad rechazan la FORA y el PS”. Pero el dolor y la conmoción popular continúan. Los trabajadores se muestran renuentes a volver a sus trabajos. En las asambleas sindicales las mociones por continuar la huelga general se suceden. Por su parte, la FORA V se opone terminantemente a levantar la medida de fuerza y decide “continuar el movimiento como forma de protesta contra los crímenes de Estado”.

Finalmente, el general Luis Dellepiane, recibió el martes 14 de enero por separado a las conducciones de las dos FORA y aceptó sus coincidentes condiciones para volver al trabajo que incluían “la supresión de la ostentación de fuerza por las autoridades” y el “respeto del derecho de reunión”. Pero pasando por encima del general, la policía y miembros de la Liga Patriótica se dieron un gusto que venían postergando: saquearon y destruyeron la sede de La Protesta.

La rebelión social duró exactamente una semana, del 7 al 14 de enero de 1919. La huelga había triunfado. No hubo sanciones para las fuerzas represivas. Dellepiane, el jefe de la represión, dictó la siguiente orden: “Quiero llevar al digno y valiente personal que ha cooperado con las fuerzas del ejército y armada en la sofocación del brutal e inicuo estallido, mi palabra más sentida de agradecimiento, al mismo tiempo que el deseo de que los componentes de toda jerarquía de tan nobles instituciones, encargadas de salvaguardar los más sagrados intereses de esta gran metrópoli, sientan palpitar sus pechos únicamente por el impulso de nobles ideales, presentándolos como coraza invulnerable a la incitación malsana con que se quiere disfrazar propósitos inconfesables y cobardes apetitos”.

El embajador de Yrigoyen en Gran Bretaña, Álvarez de Toledo, tranquilizaba a los inversores extranjeros en un reportaje concedido al Times de Londres y reproducido por La Nación: “Los recientes conflictos obreros en la República Argentina no fueron más que simple reflejo de una situación común a todos los países y que la aplicación enérgica de la ley de residencia y la deportación de más de doscientos cabecillas bastaron para detener el avance del movimiento, que actualmente está dominado. [Agregó que] la República Argentina reconoce plenamente la deuda de gratitud hacia los capitales extranjeros, y muy especialmente hacia los británicos por la participación que han tenido en el desarrollo del país, y que está dispuesto a ofrecer toda clase de facilidades para otro desarrollo de su actividad” (9).

¿Cuántas fueron las víctimas de la represión? El escritor Diego Abad de Santillán computa 1.500 muertos y 5 mil heridos Hubo, además, 55.000 prontuariados, con la accesoria, para muchos, de una quincena de confinamiento en la isla Martín García.

En su libro «La Semana Trágica», el comisario A. Romariz (oficial de la seccional 34a. de la Boca, durante los sucesos), agrega detalles escalofriantes: los cadáveres eran rápidamente incinerados conforme a indicaciones del general Dellepiane. El mismo pudo comprobarlo en la Morgue, cuando acudió a reclamar el cuerpo de un suboficial. «Entretenga a la viuda hasta que se olvide», le dijo el funcionario que lo atendió, escudándose en esa orden.

La Liga Patriótica

Las huelgas del año 1918 a los miembros “más destacados de la sociedad” les dio un fuerte ataque de desesperación. La Revolución Bolchevique se había producido hacía menos de dos años y el simple recuerdo de los soviets de obreros y campesinos decidiendo el destino de un país hacía temblar a los dueños de todo en la Argentina. Había que frenar el torrente revolucionario. Comenzaron a reunirse para presionar al gobierno radical, al que veían como incapaz de llevar adelante una represión como la que ellos deseaban y necesitaban.

Según el empresariado, se hacía necesario terminar con la ola de huelgas, recuperar el “orden” y la “paz social”. Había que emplear “mano dura” y disciplinar a los huelguistas. Un grupo de jóvenes de las familias “patricias” se reunieron en la Confitería París y decidieron “patrióticamente” armarse en “defensa propia”. Las reuniones continuaron en los salones del “Centro Naval” de Florida y Córdoba, donde fueron recibidos por los contralmirantes Manuel Domecq García y Eduardo O’Connor, quienes se comprometieron a darles armas e instrucción militar. O’Connor dijo aquel 10 de enero de 1919 “que Buenos Aires no sería otro Petrogrado e invitaba a la “valiente muchachada” a atacar a los “rusos y catalanes en sus propios barrios si no se atreven a venir al centro”. Partieron del centro naval con armas y dispuestos a “romper cabezas de agitadores anarquistas”.

Ese grupo se conformó como Liga Patriótica Argentina el 16 de enero de 1919. Domecq García ocupó la presidencia en forma provisional hasta abril de 1919, cuando las brigadas eligieron como presidente al abogado rosarino Manuel Carlés. (10)

Eran jóvenes, impregnados por una combinación de nacionalismo y catolicismo, que habían formaron dos organismos civiles terroristas: «Orden Social» y «Guardia Blanca», transformados posteriormente en «Liga Patriótica Argentina» y «Comité Pro Argentinidad», que crearon brigadas armadas con el visto bueno de la policía y el Ejército y el apoyo financiero de la «Asociación Nacional del Trabajo», entidad patronal presidida por Joaquín S. Anchorena. Los integrantes provenían de la Asociación de la Juventud, Asociación del Trabajo, Jockey Club, Círculo de Armas, Asociación Damas Patricias y la Iglesia.

Durante la “Semana Trágica” sembraron el terror en las calles. Atacaron sedes sindicales, locales anarquistas, incendiando bibliotecas, imprentas, apaleando militantes.

La «Liga Patriótica» se «cubrió de gloria», según La Prensa, en numerosos ataques a centros y reuniones obreras. Una de esas «proezas» fue el asalto a un local de la FORA (Federación Obrera Regional Argentina), cerca de Plaza Once, donde resultaron dos muertos, uno de ellos el chofer Bruno Canovi. Con el tiempo, también atacó una pacífica manifestación obrera en Gualeguaychú (Entre Ríos), con diversos muertos y heridos como saldo. Por otra parte, en 1928, asesinó en Rosario a la obrera anarquista Luisa Lallana, y en el puerto de Buenos Aires fue muerto de manera similar el trabajador Ángeles Améndola.

La burguesía luego de esas jornadas, hasta nuestros días siguió creando grupos parapoliciales para reprimir a los trabajadores. En la década del 30, los nacionalistas se organizaron en cuerpos armados, como la “Legión Cívica Argentina”, inspirados en el ejemplo de la Italia Fascista de Mussolini, a la cual se le concedió por decreto carácter oficial. Ese cuerpo paramilitar, tuvo corta vida, pero entre otras manifestaciones, desfilaron en la celebración del 25 de mayo de 1931. Vendrían luego los “Comandos Civiles” tras el golpe del 55, asaltando sindicatos y apaleando gremialistas. En los años 70, parieron la “Triple A”, que sembró de muerte y terror las calles del país. Y hoy se terceriza la represión, y es así como asesinaron a Mariano Ferreyra.

La Plaza “Martín Fierro”

Una vez demolidos los establecimientos de la metalúrgica Vasena, se levantó en esos terrenos una plaza, que se propuso llamar «Parque Mártires de la Semana Trágica», y el dirigente metalúrgico Augusto Vandor se opuso y decidió que se llamara «Plaza Martín Fierro». Nombre que hoy lleva.

Para el 1° de mayo de 1952, en Buenos Aires, el presidente Perón participó de un acto organizado por la UOM en dicha plaza para colocar una placa en honor a los caídos en enero de 1919. En la ocasión, pronunció un discurso en el cual expresó: “Es este un episodio de la vida argentina que representa una época de oprobio y de injusticia para los trabajadores argentinos. La semana de enero no fue sino la culminación de una lucha entre el capital y el trabajo cuando los obreros metalúrgicos se lanzaron a la calle después de aguantar muchos años de vergüenza y esclavitud. Se ha dicho en la campaña electoral que yo tuve intervención en esta zona en la semana de enero. Yo era teniente y estaba en el arsenal de guerra. Hice guardia acá precisamente, al día siguiente de los sucesos. Pude ver entonces la miseria de los hombres, de esos hombres que fingen y de los otros que combaten a la clase trabajadora. Allí una vez más reafirme el pensamiento de que un soldado argentino, a menos que sea un criminal no podría jamás tirar contra su pueblo”. (11)

Perón en la represión: el debate

Por suerte, son muchos los que han escrito y lo siguen haciendo sobre la Semana Trágica. Pero son varios los que no dicen ni una palabra de que Perón participó de la represión, cuando el mismo lo cuenta y lo confirma. ¿Por qué ese silencio? Denuncian a todos los responsables de la represión, y eso está muy bien, pero ¿por qué ocultan ese dato, tan importante? Mientras que otros historiadores, ensayistas y actores de esas jornadas dan cuenta de ese detalle que no es menor en la vida de nada menos que el Gral. Perón.

Roberto C. Neira escribió: “Pero, el que mejor puede relatar estos hechos y sus implicancias fue un teniente de apellido Perón (Juan Domingo) que había ingresado en el Ejército Argentino en 1911 y los vivió estando a cargo del arsenal militar Esteban de Luca. Los siguientes párrafos pertenecen a «La novela de Perón» del escritor Tomás Eloy Martínez: «En 1918, cuando me destinaron al arsenal Esteban de Luca, el capitán Bartolomé Descalzo, uno de los mejores jefes que ha tenido nuestro ejército dijo al despedirme: «estamos entrando en la oscuridad, teniente Perón. A las puertas de nuestra casa golpea la más atroz de las tormentas, y el presidente (Yrigoyen) no quiere o no sabe oírla. En Europa, la guerra ha terminado con la derrota del mejor ejército del mundo. Los anarquistas vuelven ahora sus ojos hacia nosotros.

«Sus palabras me emocionaron. «Voy a pedirle un favor personal», dijo Perón. «Cuando llegue la hora de hacerle frente a ese enemigo, llámeme. Quiero pelear a su lado, mi capitán.» La profecía del capitán Descalzo se cumplió antes de lo pensado. Los anarquistas volvieron sus ojos hacia nosotros, 1918 había terminado con unas escaramuzas de huelga en los talleres metalúrgicos de Pedro Vasena. Algunos operarios, alentados por los ácratas, exigieron salarios más altos y condiciones de trabajo más relajadas. Hubo muchos que no quisieron plegarse y el movimiento fracasó, pero ya estaba sembrado el descontento. El 3 de enero de 1919 se armó la maroma.

Luego Perón relató las jornadas de represión y concluyó: “Mi función en el arsenal consistía en asegurar la provisión de municiones para la tropa. Tuve muchísimo trabajo porque solo en la ciudad de Buenos Aires estaban acuartelados entre ocho y diez regimientos. Tal como se esperaba los funerales degeneraron en combates callejeros. Murieron más de 600 personas. El general Luis J. Dellepiane convocó el 11 de enero a Sebastián Marotta, uno de los jefes anarquistas, y aplacó los ánimos. Los obreros de la fábrica Vasena consiguieron algún beneficio de aquella tragedia: la empresa redujo la jornada de trabajo a 8 horas y aumentó los salarios en un 30 por ciento.

“Pero las heridas, cuando son profundas, no cicatrizan de un día para otro. Hay que estar vigilándolas. Mi antiguo profesor Manuel Carlés, apoyado por el vicealmirante Domecq García, fundó la «Liga Patriótica Argentina», en la que se inscribieron muchos jóvenes católicos y nacionalistas. Disponían de una tropa de choque cuya misión principal era poner en vereda a los agitadores extranjeros. A veces usaban métodos violentos, pero eran bien intencionados….». (12)

Por su parte, Milciades Peña en su obra “Masas, Caudillos y Elites. La dependencia Argentina de Yrigoyen a Perón” escribió que “frente a la fábrica donde se había iniciado la huelga (los Talleres Vasena), un destacamento del ejército ametralla a los obreros. Lo comanda un joven teniente, llamado Juan Domingo Perón”. (13)

Según el testimonio de Diego Abad de Santillán, dirigente de la FORA del V Congreso, en un reportaje de la revista Panorama, al evocar los acontecimientos, expresó: “entre los oficiales del ejército que reprimieron a las manifestaciones en esa sangrienta jornada, se encontraba un joven teniente: Juan Domingo Perón. Quizás ahí afirmó su política demagógica, al ver que la represión sólo produce el divorcio del gobierno con el pueblo». (14)

Norberto Galasso en su libro “Perón, Formación, ascenso y caída (1893-1955)” se pregunta cuál fue la participación de Perón en esos acontecimientos. Cita a la obra colectiva “El hombre del destino” dirigida por Enrique Pavón Pereyra, luego a Fermín Chávez, la opinión de Tomas Eloy Martínez en la novela mencionada y en “Las Memorias del General”, y la opinión del mayor Vicenta Aloe. Finalmente concluye que “aunque no es posible asegurar la veracidad de una u otra de las distintas versiones parece más creible el relato que el propio Martínez adjudica a Perón -colaborando en la entrega de material en el Arsenal de Guerra- que la opinión de Aloe, así como más probable que las otras conjeturas de Pavón Pereyra. Es decir, se trataría de un teniente, sometido a la disciplina castrense, en su tarea de aprovisionamiento de material bélico. Por otro lado, su evidente animadversión hacía los anarquistas -en aquellos tiempos,”los anarquistas tirabombas” en el lenguaje común- no sorprende en un hombre del Ejercito, habida cuenta de que el anarquismo profesa la abolición del Estado y de la Fuera Armada….”. (15)

Por su parte, Luis Alberto Romero, en su libro “Breve historia contemporánea de la Argentina”, se explaya sobre esta temática.

La versión peronista, en cambio, sostiene “que Perón no tiró contra los obreros, por el contrario, habría dialogado con ellos, en el tono paternal que caracterizaría treinta años más tarde su relación con el movimiento sindical”.

Por lo que hemos investigado, luego de conocer la opinión del propio Perón y de distintos investigadores, y como surge de estos relatos, Perón no sólo participó de la represión a los trabajadores en aquellas jornadas de 1919, sino que elogió a su profesor “Manuel Carlés, apoyado por el vicealmirante Domecq García, fundadores de la «Liga Patriótica Argentina».

Antisimetismo

Herman Schiller nos comenta que “El antisemitismo estaba muy arraigado en las clases altas de entonces. Algunos ejemplos: en 1890 apareció en La Nación, en forma de folletín, una furiosa novela antisemita llamada La bolsa de Julián Martel; en enero de 1888 (apenas ocho meses antes de morirse), el mismísimo Domingo Faustino Sarmiento publicó varios artículos antijudíos en El Nacional; el diario La Prensa, en distintas oportunidades, manifestó su oposición a que los judíos formen comunas agrarias en Entre Ríos y Santa Fe; y, sobre todo, la «acción» del 15 de mayo de 1910, diez días antes del Centenario, cuando jóvenes de clase alta, salidos de la muy exclusiva «Sociedad Sportiva Argentina» bajo la conducción del barón Demarchi, asaltaron las sedes del Avangard, órgano del «Bund», agrupación obrera socialista judía, y la denominada «Biblioteca Rusa», para quemar luego sus libros en Plaza Congreso.

“El ensañamiento de esos sectores vinculados con el poder contra los trabajadores judíos durante la «Semana Trágica» produjo en América latina el primer «pogrom» (vocablo ruso de antigua data que significa matanza de judíos). Muchos lo consideraron una suerte de venganza por la acción del joven judío Simon Radowitzky diez años antes, aunque el régimen, ya en ese entonces, inmediatamente después de producirse la ejecución del coronel Falcón el 14 de noviembre de 1909, se había cobrado una buena dosis de revancha al encarcelar a más de 3000 obreros y deportar a Europa a centenares de anarquistas y socialistas.

“En aquellos días fue detenido un joven periodista judío -Pedro Wald- que también ejercía el oficio de carpintero. La acusación, tan burda que parecía tragicómica, fue aceptada durante bastante tiempo por los voceros del régimen: Wald estaba destinado por los maximalistas a convertirse en el primer presidente del Soviet argentino. Wald fue salvajemente torturado en la 7ª (ubicada en el mismo lugar donde está hoy: Lavalle, entre Paso y Pueyrredón), pero se negó a «confesar». La intensa movilización popular logró que se lo dejara en libertad y, diez años después, en el libro titulado Koshmar (Pesadilla), relató algunos episodios de la represión durante la Semana Trágica. Uno de ellos decía: «Salvajes eran las manifestaciones de los ’niños bien’ de la Liga Patriótica, que marchaban pidiendo la muerte de los maximalistas, los judíos y demás extranjeros. Refinados, sádicos, torturaban y programaban orgías. Un judío fue detenido y luego de los primeros golpes comenzó a brotar un chorro de sangre de su boca. Acto seguido le ordenaron cantar el Himno Nacional y, como no lo sabía porque recién había llegado al país, lo liquidaron en el acto. No seleccionaban: pegaban y mataban a todos los barbudos que parecían judíos y encontraban a mano. Así pescaron un transeúnte: ’Gritá que sos un maximalista’. ’No lo soy’ suplicó. Un minuto después yacía tendido en el suelo en el charco de su propia sangre». (16)

Donaciones de las familias patricias

Los miembros de la burguesía se mostraron muy agradecidos con los miembros de las fuerzas represivas y quisieron premiarlas con lo único que a ambas partes les interesa a la hora de los homenajes: dinero. Las empresas beneficiadas con la “disciplina social”, las “damas de beneficencia y otras entidades “de bien público” iniciaron colectas “pro defensores del orden”. Así lo detalla La Nación: “En el local de la Asociación del Trabajo se reunió ayer la Junta Directiva de la Comisión pro defensores del orden, que preside el contralmirante Domecq García, adoptándose diversas resoluciones de importancia. Se resolvió designar comisiones especiales que tendrán a su cargo la recolección de fondos en la banca, el comercio, la industria, el foro, etc., y se adoptaron diversas disposiciones tendientes a hacer que el óbolo llegue en forma equitativa a todos los hogares de los defensores del orden. […] Un grupo de jóvenes radicados en la sección 15 de la policía ha iniciado una colecta entre los vecinos con objeto de entregar una suma de dinero a los agentes pertenecientes a la citada comisaría, con motivo de su actuación en los últimos sucesos”.

“La comisión central pro defensores del orden recibió ayer las siguientes cantidades: Frigorífico Swift $ 1.000, Club Francais 500, Eugenio Mattaldi 500, Escalada y Cía. 100, Leng Roberts y Cía. 500, Juan Angel López 200, Matías Errázuriz 500, Horacio Sánchez y Elía 7.000, Jockey Club 5.000, Cía. Alemana de electricidad 1.000, Arable King y Cía 100, Elena S. de Gómez. 200, Las Palmas Produce Cía. 1.000, Mac Donald 300, Frigorífico Armour 1.000.” (17)

El tango: “Se viene la maroma!”

Los hechos de la Semana Trágica fueron y siguen siendo investigados, se han publicado varios libros, documentales y películas. Además, varios años después se conoció el tango “Se viene la maroma!”, con música de Enrique Delfino y letra de Manuel Romero. Testimonios de esos días dicen que el mismo se refiere a aquellas jornadas de huelgas, luchas y una terrible represión.

“Cachorro de bacán,
anda achicando el tren;
los ricos hoy están
al borde del sartén.
El vento del cobán,
el auto y la mansión,
bien pronto rajarán
por un escotillón.
Parece que está lista y ha rumbiao
la bronca comunista pa’ este lao;
tendrás que laburar pa’ morfar…
¡Lo que te van a gozar!
Pedazo de haragán,
bacán sin profesión;
bien pronto te verán
chivudo y sin colchón.

¡Ya está! ¡Llegó!
¡No hay más que hablar!
Se viene la maroma sovietista.
Los orres ya están hartos de morfar salame y pan
y hoy quieren morfar ostras con sauternes y champán.

Aquí ni Dios se va a piantar
el día del reparto a la romana
y hasta tendrás que entregar a tu hermana
para la comunidad…
Y vos que amarrocás
vintén sobre vintén,
la plata que ganás
robando en tu almacén.
Y vos que la gozás
y hacés el parisién,
y sólo te tragás
el morfi de otros cien…

¡Pa’ todos habrá goma, no hay cuidao…!
Se viene la maroma pa’ este lao:
el pato empezará a dominar…
¡cómo lo vamo’ a gozar!

Pedazo de haragán,
bacán sin profesión;
bien pronto te verán
mangando pa’l buyón.

A modo de conclusión

Desde su origen en las últimas décadas del Siglo XIX, la clase obrera de nuestro país fue protagonista de las más variadas experiencias, con derrotas y triunfos, con luchas en la legalidad y la clandestinidad, años de negociaciones y enfrentamientos, con poder creciente como clase y de sus organizaciones sindicales, sufriendo fuertes represiones y persecuciones. Pablo Pozzi en su libro “Oposición obrera a la dictadura” puntualizó que “este peso del movimiento obrero sobre la evolución socio-política y económica de la Argentina ha originado numerosas polémicas, análisis y discusiones. La clase obrera como factor de desestabilización y crisis social, como gestora de un futuro mejor; base del autoritarismo fascistoide o combativa y latentemente revolucionaria; una clase consciente y madura o poco desarrollada y aburguesada; estas son todas interpretaciones parciales del pasado social argentino”.

Debemos ver a la huelga de los metalúrgicos de los Talleres Vasena, la posterior represión y resistencia, que pasó a la historia como la “Semana Trágica”, como uno de esos heroicos hitos de la clase obrera, que nos ha dejado muchas enseñanzas.

Se reclamó por sus derechos, se fue a la huelga, se realizaron asambleas, se recibió la solidaridad de todos los trabajadores, se resistió, se luchó en las calles y no se dudó en enfrentar a las fuerzas policiales, al Ejército y a la Liga Patriótica, en una clara muestra de autodefensa de clase.

Y lo que quedó en claro fue la decisión de la clase dominante de recurrir a la represión, que fue despiadada y cruel, para solucionar un conflicto entre el capital y el trabajo. Esas jornadas forman parte de la larga lista de “Esa Maldita Costumbre de Matar”.

Esta nota es un homenaje a todos los que lucharon y perdieron su vida en esas jornadas heroicas de la clase obrera del país.

(Leónidas Ceruti es historiador y columnista de ANRED.)

Citas:
1) La Semana Trágica. Edgardo Bilsky. Ed. CEAL 1985.
2) Godio, Julio, «La Semana Trágica de Enero de 1919»
3) La Protesta 8/1/1919, 9/1/1919.
4) Godio, Julio, opo. cit.
5) La Prensa, 10/1/1919.
6) La Prensa 10/01/1919.
7) Babini, Nicolás, “La Semana Trágica”
8) El Diario 9/1/1919. Historia Integral Argentina Tomo 6 La clase media en el poder. Pág. 72 a 76 Centro Editor de América Latina S.A. Buenos Aires. 1971.
9) Babini, Nicolás, op. cit.
10) Revista Primera Plana, 29 de abril de 1969. Tomado de Mágicas Ruinas
11) La Capital, 2 de mayo de 1952, pág. 4.
12) Roberto C. Neira, cita a «La novela de Perón» del escritor Tomás Eloy Martínez (Legasa – 1985),
13) Milciades Peña, “Masas, Caudillos y Elites. La dependencia Argentina de Yrigoyen a Perón”, Pagina 8, Ediciones Fichas, Bs.As 1973
14) Diego Abad de Santillán
15) Norberto Galasso, “Perón, Formación, ascenso y caída (1893-1955)”. Tomo I, paginas 56, 57,58. Ediciones Colihue)
16) Herman Schiller, “El primer «pogrom» en la argentina”.
17) Agencia Walsh de «La Semana Trágica de Enero de 1919», Julio Godio.
Fuentes consultadas:
– Luchas obreras y represiones sangrientas, de Diego Abad de Santillán.
– La Semana Trágica, de Hugo del Campo.
– La Semana Trágica de Nicolás Babini.
– La Semana Trágica y los judíos, de Nahum Solomisky.
– La clase media en el poder. Centro Editor de América Latina S.A. Buenos Aires. 1971.
– El primer «pogrom» en la Argentina, Herman Schiller.
– Agencia Walsh de «La Semana Trágica de Enero de 1919», Julio Godio.
– «La novela de Perón», Tomás Eloy Martínez, Legasa – 1985.
– “Breve historia contemporánea de la Argentina”, Luis Alberto Romero. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 1994.

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