Política

EL PREMIO RÍMOLO

Una reclusa de la cárcel de Ezeiza contó sus días como compañera de Giselle Rímolo y ganó un premio

LA CÁRCEL DE CHIN – CHIN

Una presa de Ezeiza escribió un relato de cómo era la vida de la ex de Soldán en el penal. Extensiones, uñas esculpidas y otros secretos.

Una mujer que está presa ganó un premio literario por su libro «Crónicas tumberas». Se llama María Silvia Prieto, tiene 46 años y está condenada a cadena perpetua por asesinato en la cárcel de Ezeiza y allí convivió casi un año con la falsa médica Giselle Rímolo, declarada culpable de homicidio culposo y ejercicio ilegal de la medicina. Prieto, que se formó en talleres de escritura a los que accedió después de pelear ante los jueces por su derecho a la educación, cuenta la llegada de Rímolo al penal, transitando un post-operatorio de una reciente lipoescultura; cómo las internas le pintaban las uñas y la herencia -cremas- que les dejó cuando se fue.

«Crónicas tumberas» obtuvo el Primer Premio de Crónicas «La Voluntad», que otorgan la Fundación Tomás Eloy Martínez, la revista Anfibia, la editorial Planeta y los escritores Martín Caparrós y Eduardo Anguita, y por el cual ganó 15.000 pesos. Su crónica y las nueve finalistas serán publicadas por Planeta. En el jurado estuvieron Anguita, Caparrós, Cristián Alarcón (Anfibia), Paula Pérez Alonso (Planeta) y Ezequiel Martínez (fundación TEM). Aquí algunos pasajes de la crónica que publica la revista Anfibia:

«Seguíamos con tanta atención la vida de la diva que no nos dimos cuenta de que ya estaba entre nosotras. La habían traído de incógnito y no la podían alojar en pabellones comunes porque transitaba un post-operatorio de una lipoescultura reciente. Así, vendada e inflamada, no podía mostrarse en público. Por eso, pasó su primera etapa en cautiverio en el centro médico de la unidad.

Giselle Rímolo contaba con un séquito que la seguía a todos lados. Aunque se trataba de amoldar a la vida tumbera lo mejor posible, nunca pasó desapercibida. Se cuidaba tanto en las comidas como en el más mínimo de los detalles de su imagen. Algunas de las compañeras hacían de estilistas, manicuras, cosmetólogas o psicólogas. En esta vida todo tiene un precio. Giselle lo pagaba sin chistar.

Cada vez que se duchaba, se generaba una ceremonia. Las estilistas entraban al baño a recuperar el pelo de las extensiones que, con el agua, se iba despegando. Con mucha paciencia lo secaban, peinaban y volvían a unir todo con la pistola de siliconas. Lamentablemente las uñas esculpidas no corrieron la misma suerte. Y sin embargo, ella no se resignaba jamás. Debía seguir mostrándose como una estrella: para su familia, su novio y los abogados.

Con Giselle, compartimos unos cuantos meses de ese fatídico 2004. Se fue un viernes, envuelta en un tailleur de reconocida marca de color rosa, que hacía juego con las uñas recién pintadas y el pelo medio ondulado. Nunca pareció una presa común, tampoco lo era, pero se encargó de no sobresalir demasiado».

(fuente Clarín)

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